Una pasión de treinta años

La mejor experiencia de mi escuela durante la infancia fue el CONGRESO DE LOS NIÑOS, hace treinta años exactamente en 1988.

Un día nos encargaron escribir un ensayo. Nos explicaron lo que era, sus partes y componentes. El tema sobre el que debíamos hablar fue: «Lo que me gusta leer”.

Tenía que tener una introducción, desarrollo y conclusiones. Así como bibliografía. Durante varios días nos habían estado enseñando sobre las partes del texto y sobre cómo crear una bibliografía. Cómo hacer fichas bibliográficas y cómo citarlas dentro de un contenido. Esto era completamente nuevo para mí. Era fabuloso, lo más impactante que me hubieran enseñado en la escuela.

Pasaba mucho tiempo entre los libros, no porque leyera demasiado, simplemente me gustaba verlos, hojearlos, sentir sus texturas y el olor a una biblioteca y librería lo adoraba.

En cuanto nos asignaron la tarea de escribir nuestro ensayo, comencé a pensar todo lo que diría. Había algo en lo que llevaba ventaja por encima de todos mis compañeros. En verdad me apasionaban los libros, los conocía más que cualquiera y si hablaba de pasar tiempo en la biblioteca de la casa no mentía. Así lo hacía.

Cuando me pongo a pensar en qué gastaba mi tiempo me pregunto de dónde sacaba tanto. Porque recuerdo gastar muchísimo tiempo en la bicicleta, la televisión y la computadora. Entonces sólo había un canal que transmitiera televisión para niños y sólo en el horario entre cuatro y siete de la tarde. Antes de las cuatro no había caricaturas y a las siete comenzaba un programa de política sumamente desagradable.

Siempre fui un niño madrugador. Tengo la impresión de que no me gusta dormir, siento que la vida se me escapa de las manos. Y el lugar para gastarme las primeras horas del día, donde no hiciera ruido a los demás era la biblioteca precisamente.

En la casa de mis padres este lugar era muy frío en invierno, pero en las escaleras que conducían a ella había un gran ventanal donde entraba la luz del sol por la mañana. Yo me sentaba en el escalón donde más calentara y ahí me ponía a leer, jugar o dibujar (también disfrutaba demasiado dibujar).

En cuanto a mi ensayo, lo escribí prácticamente de corrido. Como me pedían que incluyera bibliografía, cité mis tres enciclopedias favoritas, una sobre ciencias naturales, otra sobre animales y otra más que no recuerdo bien. Sólo cité algunos fragmentos que me hubieran gustado, pero todo lo demás lo escribí de corrido, como si hubiera alguien dictándome qué escribir detrás de mi oreja. (Justo como hago hoy).

No sabía que se tratada de un concurso. No me importó en absoluto la calificación simplemente estaba embebido en mi pasión. Me pidieron que escribiera de algo que ya sabía hacer y me era natural. Así que amé ese trabajo.

Cuando terminé tomé una hoja en blanco, le dibujé un marco y le escribí una portada. Lo guardé en un legajo y lo entregué al día siguiente.

Los días siguientes fueron normales, hasta que una o dos semanas después me mandaron llamar de la coordinación de primaria. Nunca me habían llamado ahí. Por lo general iban los más indisciplinados y los dos alumnos que sí sacaban diez. Yo me cuidaba de no hacerlo.

En esta ocasión sólo yo fui convocado por el coordinador Vizcaya.

Al llegar me felicitó por mi trabajo y me explicó que se trataba de un concurso de la Secretaria de Educación. Que mi trabajo había sido seleccionado para representar al colegio y que su secretaria lo pasaría a máquina, que había que hacerle algunas correcciones y que me entregarían una copia porque debía estudiar mi propio escrito (corregido) para presentarlo en el concurso. Me pidieron que el siguiente viernes trajera uniforme de gala.

Esa fue la parte que me molestó. Todos los viernes eran días de ropa libre, ¿por qué debía llevar el uniforme blanco? ¡Yak!

Llegó el día y en lugar de asistir a clases como ordinariamente hacía, me dirigieron a la sala de juntas del director, donde había otros once niños y niñas con uniformes de diferentes escuelas. Nos dirigía un maestro y había una inspectora con nosotros para ver la sesión.

Nos explicaron la dinámica y de lo que se trataba era de leer nuestro texto ante los demás, depués contestar preguntas de nuestros compañeros y si alguien tenía una objeción, defender nuestra postura.

Eramos niños de quinto y sexto de primaria, ¿Qué objeciones habría?

Recuerdo poco sobre lo que compartieron los demás. Sólo recuerdo que algunos trabajos no eran creíbles. No era cierto que ese niño hubiera leído al Padre Larrañaga o que esa otra niña se haya interesado por la historia de la revolución rusa con tanta profundidad.

Al final nos pidieron que votáramos por los mejores trabajos para representar a nuestro distrito o zona. Mi trabajo fue elegido junto con otras cinco niñas más. Fui el único hombre.

Para la siguiente etapa nos reunieron a doscientos niños, de escuelas privadas y públicas en un hotel al norte de la ciudad. Estaríamos algunos días recluidos. ¡Sin papás!

Me dieron una habitación con otros dos niños a quienes no conocía. Nos hicimos amigos al instante y descubrimos que entre las habitaciones había una puerta que las conectaba, que podíamos convivir con los vecinos de enseguida. Así nos hicimos amigos durante la estancia.

En el día había mesas de trabajo y actividades culturales. Comíamos en mesas largas, como el comedor de Harry Potter y teníamos películas, presentaciones teatrales y juegos.

Las sesiones eran maratónicas. Nos dividieron en mesas de trabajo donde debíamos hacer lo mismo. Leer nuestro escrito a los compañeros y responder las preguntas y debates de los demás. Teníamos una copia de cada uno de los documentos y al final cada mesa debía llegar a conclusiones.

Descubrí algo interesante. Sólo mi mesa tenía el tema de “Lo que me gusta leer”. Cada mesa tenía un contenido distinto. Estaba en la mesa indicada. Debía estar ahí. De haber estudiado en otra escuela ni siquiera hubiera escrito con tal pasión. Habíamos algunos compañeros que ya nos conocíamos, los que compartimos la ronda anterior y nos integramos pronto con los demás.

En la mesa seleccionamos el trabajo de una niña para representarnos en la ciudad de México con el presidente y nuestra participación terminó… pero mi pasión por escribir permaneció y aquí ando, treinta años después, precisamente compartiendo este mismo tema: «lo que me gusta leer» y confieso que me hace muy feliz.

Bonita semana.

About the author

Me gusta el aprendizaje, el crecimiento, contribuir al mundo; amo a mis hijos; explico cosas; comparto mis pensamientos; escucho a los demás; practico la filosofía y el coaching; doy conferencias, talleres y clases a quien se deje; me gusta dejar un pedacito de mí en la vida de las personas.

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4 Comentarios
  1. Cristal

    Desde niña a mí me gustaba dibujar. Pero después de los 16 o 17 años, comencé a abandonar ese hobbie porque aparentemente tenía que pensar en mí futuro y el dibujo o el arte en sí, no era un futuro para mi familia… Sigo creyendo que desde entonces he tomado malas decisiones en cuanto a lo que realmente quiero hacer con mi vida 🙁

    1. Hola, Cristal, aprecio mucho tu sinceridad y que nos compartas (a mí y a mis lectores) tu experiencia. Quiero decirte, primero que no estás sola. Miles de personas, como tú, experimentamos frustración en algún punto de nuestra vida porque simplemente hemos estado viviendo la vida de alguien más y hemos dejado de lado aquello para lo que fuimos hechos.
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      Evita culparte por haber perdido el tiempo. No lo has hecho. Siempre has hecho lo que creías que era lo mejor. Recuerda el proverbio chino: el mejor tiempo para plantar un árbol fue hace veinte años, el segundo mejor momento es hoy. Así que comienza. HAZLO.
      Mi tío y mentor Arturo comenzó su carrera en Psicología a los cincuenta y dos años, actualmente tiene cinco maestrías y estudia un doctorado. Así como él hay muchos otros ejemplos de gente que ha florecido ya de adulto. Animo!

  2. Fabricio

    Alex, me encantó esta remebranza de tu infancia escolar. Existen momentos inolvidables que marcan y tú nos compartiste uno. Gracias